23 de noviembre de 2017

Más empatía es más democracia




 Dice Sergio del Molino en su artículo en El País que es posible ser un misántropo y, al tiempo, un demócrata impecable. Que los demás son una molestia la mayor parte del tiempo a los que, como mucho, se soporta. Viene a decir que el problema de nuestra democracia es que nos exige querer a los demás y, por extensión, el problema es el protagonismo de los sentimientos en la esfera pública. “La sociedad es esa masa que se cuela en la fila y aplaude a destiempo en un concierto”. 


La democracia se identifica, por tanto, con un conjunto de derechos y con el respeto a unos procedimientos. Materia abstracta, intangible, ajena. Una manera higiénica de lidiar con extraños con los que no tenemos gran cosa en común. Los sentimientos son esas extrañas cosas que les pasan a los otros, sobre las que no se puede discutir: nadie puede negar el sentimiento ajeno por muy irracional que este sea. 


Este racionalismo misántropo (que parece una de las resultantes del giro a la derecha de El País en los últimos años) tiene un poco de thatcherista. De asumir que no existe la sociedad, sino los individuos y sus derechos. La deriva del independentismo catalán no ha hecho más que cargarlos de razón. Mezclar política y sentimiento es caer en los brazos de un monstruo que devora a ciudadanos individuales para execrarlos como sucia colectividad.


El problema es que vivimos en común. Compartimos espacios y momentos con gentes que no elegimos. Podemos mudarnos a la casa más perfecta y mejor ubicada: la experiencia de compartir rellano con vecinos huraños puede convertir esa casa en un purgatorio. Al revés, tener vecinos amables, de charleta relajada en el ascensor, hace nuestra vida mejor. No sólo en lo anímico: llegará el día en que tengamos que tomar decisiones en común, y entonces esa empatía hará que sea más fácil lograr que mi vecino apoye mis posiciones. 


“El propósito de la democracia es convertir a cada hombre en un artista”, dijo Burroughs. La democracia no es solo un método de gobierno, un conjunto de maneras concatenadas para tomar una decisión. Para los griegos, era un ingrediente necesario de la buena vida, una forma de gestionar lo común a la que tenían acceso sólo los mejores, puesto que no todos eran ciudadanos. Frente al retrato huraño de la sociedad que hace Del Molino, me quedo con el retrato de la democracia que hace César Rendueles.  La democracia “tiene algo de locura, si uno se para a pensarlo. Significa que el majadero ese del Porsche Cayenne, la tía que suelta un par de pitbulls en un parque lleno de niños o los poligoneros del centro comercial tienen el mismo derecho a intervenir en la vida pública que tú”. Es decir, me obliga a gestionar mis sentimientos frente a esos impresentables, no a meterlos en la nevera de mi casa. Por eso, dice Rendueles,  la democracia es más que un sistema de gobierno: es poner en marcha la tarea mágica de la vida en común, basada en una ética orientada a “la construcción de una vida buena en el contexto de las normas de una comunidad”.

22 de abril de 2016

Las canciones de 2015

Con todo el ajetro del viaje a Cambridge, que si busca casa, que si busca muebles, cole para los niños, arreglos logísticos infinitos.... se me ha ido pasando publicar mi lista de  canciones favoritas del año pasado. 




Ya sé que es lgo que no le importa a nadie, pero hay dos razones que me han empuejado a colgarla por fin, aunque sea cuatro meses más tarde de lo normal. La primera es ue soy un psicótico y necesitotenerlo todo en orden, y si se sube una lista al año, pues es una vez al año, sea cuando sea. 

La segunda es una conversación con Silvia Martínez, que a estas horas debe estar presentando su flamante nuevo libro Escribir sobre música. Hace unos meses me dijo que echaba de menos la lista porque era su forma de saber que se cuece en el mundo indie, que ha terminado por ser mi nicho académico. 

Puede que haya discos que técnicamente no son de 2015, pero yo os escuché en la radio y en la web coo novedades recién salidas del horno. Seguro que se me olvidan cosas. Uno es sistemático, pero no tanto. Sólo espero que estas canciones os hagan disfrutar tanto como a mi. Rock and roll (o lo que sea) 

 

20 de abril de 2016

Dinero para nada y patatas para tres



He pasado la mañana disfrutando de la lectura del último libro (Comunicación musical y cultura popular, Ed. Tirant, 2016) de Antonio Méndez Rubio, colega de la Universidad de Valencia al que, por desgracia, veo en pocas ocasiones. Pero en estos primeros capítulos me siento como si estuviese instalado en el salón de su casa, que se parece bastante al mío (ese es un rasgo típico de los que compartimos afinidades, intereses y afectos). 


Mientras busca la manera de construir una forma de entender la música en términos de signo (esas cosas que a los semiólogos nos molan), Antonio confiesa su perplejidad ante el hecho de que la persona que es ahora ha sido construida en buena manera "escuchando canciones en una lengua que más o menos se reconocía, pero que no se entendía".


A mi me ha pasado, como a tantos de mi generación, exactamente lo mismo (y aún me pasa, incluso tras haber vivido en Inglaterra en dos ocasiones diferentes). Una de las cosas que nos unió al grupo de amigos en Lugo, un signo de nuestra identidad grupal, era nuestro amor por Dire Straits (si, ya sé que no es una referencia pata negra, no son los Smiths, pero el capital subcultural era difícil de adquirir para unos chavales de provincias en aquellos años). Escuchábamos Money for nothing sabe Dios cuantas veces por semana (fue el primer disco que me pasaron, en cinta). La cantábamos a voz en grito pero nunca nos preguntamos qué significaba aquello; de hecho, ni sabíamos muy bien que decía la canción. Nuestro inglés de instituto público no daba para más. Estábamos convencidos de que la cosa iba de “money for nothing… and cheaps for three”. En realidad, como descubrimos mucho tiempo después, se refería a “chicks for free” (chicas gratis). Pero aún ahora, cuando nos juntamos y la canción suena, es difícil no cantar en castellano nuestra propia versión del estribillo: “dinero para nada y patatas para tres”.

Como explica Méndez Rubio, quizás esa libertad sea lo que hace que la música sea tan importante para nosotros. Estábamos metido en un sistema escolar que nos decía constantemente cuáles eran las interpretaciones correctas de cada palabra, cada texto. Hasta los poemas tenían un sentido único, no podías poner las palabras al servicio de tus necesidades. Las canciones ofrecían barra libre de sentido, sin una autoridad que controlase su uso y se cobrase un peaje. “Gracias a la falta de una línea clara de reconocimiento del mensaje de cada canción, a la disponibilidad del sonido para interactuar con él” aquellos enigmas acústicos consiguieron su carga de intensidad y se hicieron insustituibles.

Pues eso, amigos. Pablo, Luis, Gus, Araceli, Juan, Diego, Juanjo, César, Daniel… Gracias a la música y los libros he pasado la mañana en el salón de un profesor de Valencia, en la biblioteca de Saffron Walden y también en una casa de la calle Aguirre de Lugo, todo a la vez.  A veces es complicado juntarnos todos, pero que quede claro: Dinero para nada y patatas para tres.


14 de abril de 2016

La universidad McDonalds



La universidad se parece cada día mas al McDonalds. Fast knowledge. No hay tiempo para cocinar, no hay tiempo para pensar y elaborar las ideas. En menos de una década hemos pasado de un sistema que incentivaba el sesteo (una vez conseguida una plaza) a un modelo de feroz competición en el que se premia la vorágine, la producción infinita. Los académicos pasamos cada vez más tiempo preparando proyectos que nos darán fondos para poder hace fantásticas investigaciones y consolidar grandes equipos. La mayoría de las veces el proyecto no llega a conseguirse y, si lo logras, descubres que llevas meses sudando tinta para conseguir una miseria. Como mucho, te da para comprar un portátil y asegurarle a cada miembro del grupo la asistencia a un congreso en un lugar alejado, de esos cuyo billete de avión tiene un precio como para pensárselo.

Ayer, un grupo de 30 investigadores entregamos, tras una semana frenética, nuestro proyecto de I+D para la convocatoria de Retos de la sociedad en España. Es la continuación de otro similar pero, en esta ocasión, mi papel será más relevante, porque soy uno de los dos investigadores principales. El proyecto pretende investigar en cómo los medios tradicionales interactúan con las redes sociales y los medios digitales cuando se producen controversias sociales en las que los diferentes actores (ONG, empresas, ciudadanos, políticos....) quieren defender su punto de vista. Participan 5 italianos, 4 brasileños, un portorriqueño, un español desde Ecuador.... Cinco universidades españolas implicadas, 2 becarios predoctorales, uno más solicitado.... Y toda la documentación, además de los documentos que definen el proyecto, producidos y gestionados en poco más de dos semanas, porque nuestro gobierno en funciones decidió que la Semana Santa es una hermosa fecha para publicar convocatorias, para la que daba menos de un mes de plazo.

Al igual que McDonalds, la universidad se ha vuelto global. Da igual donde estés, da igual que tengas un semestre sabático en el fin del mundo, tus tareas de la universidad te persiguen vía correo electrónico (otro día me extiendo es eso). Esa mañana cerré la firma digital desde Cambridge, organicé la impresión de los materiales y la entrega en papel en el registro en Madrid (lo analógico se resiste a morir y lo burócratas no quieren ir a su funeral) y, para cerrar el día, impartí una clase sobre los derechos de autor de los pueblos indígenas y la industria musical global en Colorado State University. Eran sus 12:30, mis 19:30, cuando cerré el día de trabajo para dedicarme a mis labores de padre y hacer la cena. ¿O deberíamos salir al McDonalds para redondear el día?

18 de noviembre de 2015

Reflexionar, proponer, comunicar



Hace unos meses empecé a participar en la asamblea de AhoraMadrid Chamartín. Llegué despistado en pleno proceso de elección de vocales vecinos y un tanto frustrado porque tenía la sensación de que no había continuidad tras el aluvión de trabajo y entusiasmo que culminó en las municipales. Descubrí que no era así, que hay mucha gente trabajando en los ritmos lentos de las instituciones, pero de esa frustración aprendí una primera lección que orienta mi trabajo en AhoraMadrid Chamartín: una tarea inicial es dar a conocer a los vecinos del distrito quiénes somos, qué queremos, qué hacemos, y ponernos a su servicio para invitarles a participar y para canalizar sus propuestas.


Tras la agitación de la elección de los vocales vecinos, el primer Pleno de la Junta Municipal nos ha enseñado que la dinámica institucional tiene tiempos y modos que no van en paralelo a los de un movimientos asambleario como el nuestro. De repente nos hemos encontrado con la necesidad de articular propuestas concretísimas y de responder a las de los otros grupos políticos, y nos hemos dado cuenta de que para no errar el tiro se necesita un alto nivel de conocimiento del distrito y sus realidades y al tiempo la capacidad de captar las sutilezas y segundas lecturas de las propuesta políticas. Para los que no  estamos familiarizados con el funcionamiento de las instituciones, ha sido una lección. Las instituciones no se dejan tomar por las buenas, tienen una resistencia al cambio poderosa y sutil a la vez.

A la hora de presentar propuestas y empezar el trabajo de convertir la Junta en un instrumento de cambio, deberíamos tener claro el plan de acción, saber cuáles son las propuestas prioritarias, definir unas cuantas en cada una de las áreas de trabajo, combinar las cuestiones más abstractas con otras que entren al detalle, y hacerlo de modo que sean factibles y no meras declaraciones retóricas. El reto es preparar esto, además, desde una asamblea y en colaboración con las organizaciones del distrito.



Me parece que urge definir el programa de AhoraMadrid Chamartín para estos cuatro años. No podemos presentar una vez al mes una batería de propuestas desconectadas y sin continuidad. Si no tenemos un programa, estamos condenados a funcionar a base de ocurrencias. No tendremos argumentos para decidir si apoyamos o rechazamos las propuestas de los otros grupos políticos. No tendremos mapa ni ruta y nos dedicaremos a dar vueltas para volver al mismo lado. Y cuando acaben los cuatro años nos daremos cuenta de que estamos exhaustos, de que el trabajo no ha servido para lograr los objetivos.
Hacer un programa político no es fácil. Pero Ahora Madrid tiene uno y es el programa que los vecinos de Madrid construyeron colectivamente y votaron masivamente. Se trata de ver cuáles de los puntos del programa tienen una dimensión distrital y qué iniciativas se pueden llevar a cabo, de manera concreta, en nuestros barrios para lograrlo. Y a partir de ahí ya podremos definir prioridades y organizar tiempos y tareas.

Seguro que hay herramientas informáticas que permiten trabajar el documento. Pero también hay dinámicas que permiten organizar ideas desde una asamblea. Y no podemos olvidar que este programa tiene que salir de los vecinos, no solo de los que participan en la asamblea. Habrá que decidir de qué manera se hace. Pero hay que poner manos a la obra y ponerse un plazo. Porque el tiempo vuela, el trabajo cansa y la oportunidad es un tren que hace pocas paradas. Y esta es nuestra parada y nos toca conducir este tren. Pero no sólo necesitamos fogoneros, también un mapa que guie el viaje.